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Se ha dicho mucho en los últimos años sobre
la necesidad de un Jubileo. Hay evidencia abrumadora que señala las
deficiencias graves de la economía mundial en lo que se refiere a proteger la
dignidad de millones de personas, proveyendo por sus necesidades más básicas.
El esfuerzo global por responder a la carga aplastante de la deuda, que va
empeorando la situación representa una expresión significativa de esta
preocupación mundial.
Pero la trayectoria moral del imperativo/Jubileo
va mucho más allá de cancelar la deuda, poniendo hincapié en la restauración
de relaciones justas entre la gente (individuos, comunidades, naciones), entre
los seres humanos vis a vis el resto de la creación, y entre los seres humanos
y su Dios. Cuando se trate de erradicar la pobreza o llegar a un acuerdo básico
sobre cómo proteger la integridad de la creación -- y cuando se trate del
fantasma amenazador de enfermedad pandémica, especialmente en comunidades
empobrecidésimas -- nuestra incapacidad o falta de voluntad para hacerlo nos
obliga a indagar más a fondo en el sentido de relaciones justas para el mundo
de de la deuda, la búsqueda de relaciones justas implica hacer mucho más.
La existencia permanente de esa carga
aplastante que es la deuda sobre países pobres, la imposición de programas de
ajuste estructural, y los roles inapropiados jugados por las instituciones
financieras internacionales:
! resultan en
una relación quebrada y distorsionada entre poderosas naciones adineradas y
países en vías de desarrollo en el sur hemisférico (sur global). Esta
relación está marcada por dominio en vez de respeto y mutualidad. Las
naciones e instituciones acreedoras siguen dictando la forma y los términos
de aliviar la deuda. Requieren que las naciones pobres realicen cambios de
largo alcance sin el consentimiento democrático de su pueblo. Efectivamente,
los oficiales* en los países acreedores han expresado abiertamente que
quieren que algo de la carga de la deuda se quede, ya que les da suficiente
influencia como para maximizar su control sobre las políticas económicas de
los países del Sur;
! perpetuan una
relación distorsionada con la creación, el medio ambiente. Para ganar moneda
extranjera en función de sus pagos de servicio sobre la deuda, los países
empobrecidos están obligados a saquear sus propios recursos naturales para
exportarlos a países adinerados. Los programas de ajuste estructural dañan
el medio ambiente al recalcar indebidamente las exportaciones, llevando a que
la gente caiga en desempleo y trabaje desesperadamente terrenos cada vez más
marginales;
! constituyen
un fracaso moral de los países ricos y las instituciones prestadoras,
distorsionando su relación para con su Creador, el Soberano de las naciones.
Los ciudadanos y los que forjan las políticas en países adinerados son,
ellos mismos, profundamente lesionados cuando exigen que otra gente viva en la
miseria, utilizando para reembolsar la deuda los escasos recursos financieros
que gente empobrecida necesita para su propia supervivencia. Estas acciones
tienen el efecto de negar educación a los niños, y atención de salud a
familias enteras, limitando los recursos disponibles para contrarrestar la
diseminación del VIH/SIDA en los países empobrecidos. El intento de
reestructurar las economías de otros países, sin aprobación de su pueblo,
es un hecho de prepotencia que nos aleja del Dios de amor, arruinando a
nuestro prójimo indigente.
En vista de estas relaciones quebradas, no es
sorpresa que la carga de la deuda y la imposición de programas de ajuste
estructural han aumentado la pobreza, la desigualdad y la destrucción del medio
ambiente en muchos de los países del Sur.
Como personas y como líderes religiosos,
estamos convencidos que la restauración de relaciones justas con los demás
requiere que se ponga fin a la relación de dominación. Esta, por su parte,
demanda: cancelación definitiva de estas deudas agobiadoras, eliminación de
las recetas económicas impuestas desde fuera, y transformación del papel de
las instituciones financieras internacionales. Exhortamos que se adopten las
siguientes medidas específicas:
! Que las
naciones acreedoras y las instituciones financieras internacionales cesen
inmediatamente su aceptación de pagos sobre la deuda enviados por los países
más pobres.
! Que las
instituciones financieras internacionales, así como los acreedores
bilaterales, cancelen cien por ciento de las deudas internacionales de los
países más pobres.
! Más allá de
esto, que los acreedores cancelen toda deuda, en base a préstamos ilegítimos
e injustas, debida por cualquier país en vías de desarrollo. Tales
préstamos, por ejemplo, son como aquellos que se realizaron durante la Guerra
Fría, préstamos que sirvieron los intereses mezquinos de los que hicieron
los préstamos, sin beneficiar a la gente común de los países que recibieron
los préstamos.
Poner Fin al Programa de Ajuste Estructural
! Hay que
eliminar los Programas de Ajuste Estructural, así como se constituyen
actualmente; y hay que acabar con las condiciones sobre política macro-económica
que se adjuntan a la cancelación de la deuda.
! Cualquier
reforma de política económica ha de seleccionarse a través de una
participación democrática de los ciudadanos de los países que se reformen,
con atención especial a las voces de los pobres.
! Las IFIs han de
dejar de exigir, recomendar o contratar, con los países endeudados, programas
de reformas económicas que no se desarrollen, adopten y vigilen a través de
procesos democráticos verdaderamente participativos, transparentes y
democráticos, involucrando a todo nivel de la sociedad civil dentro del país
que las implemente.
! Las IFIs no han
de hacer ninguna recomendación sobre políticas sin previas evaluaciones, al
alcance del público, sobre impactos sociales y ambientales.
! Han de estar
abiertos y accesibles a rendimientos de cuentas y escrutinios públicos todos
los procesos, deliberaciones, decisiones, anteproyectos y documentos de las
Instituciones Financieras Internacionales.
! Ha de cesar el
papel fiscalizador del FMI – papel según el cual cumplimiento con los
programas/FMI señala , aparentamente, que el país sea digno de créditos.
! El poder al
interior de las instituciones financieras internacionales ha de redestribuirse
hacia los gobiernos de países en vías de desarrollo.
Nosotros, como personas de fe, enraizadas y
hermanadas a algunas de las comunidades más empobrecidas del mundo, estamos
conscientes de que estas medidas no representan sino los primeros pasos para
erradicar la pobreza y salvaguardar al medio ambiente. Está en marcha ya un
proceso de globalización frente al cual nos sentimos bastante escépticos. Sin
una transformación significativa de las suposiciones, metas y reglas que dan
forma a esta economía global, poco o ningún beneficio de este proceso les
llegará a las comunidades y a los países más empobrecidos.
Una vez tras otra hemos constatado el impacto
desastroso sobre las comunidades marginales de decisiones tomadas en lugares
distantes o desconectados. Vemos que esto ocurre más y más, con la gente en
puestos de poder cada vez más centralizadas negociando las reglas
internacionales para un comercio y un proceso de inversión que valorizan el
lucro y la expansiÙn por encima del bienestar humano y el bien del medio
ambiente.
Por nuestra fe nos comprometemos a proteger la
dignidad de cada vida humana, dando realce a la integridad de la creación. En
nuestras relaciones en torno al Jubileo, hemos renovado nuestro compromiso de
ayudar a corregir las relaciones injustas entre seres humanos, sociedades y el
resto de la creación. Evaluaremos toda propuesta de política y toda decisión
a la luz de este compromiso.
Febrero de 2001
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